La Sala Quedó en Silencio: Testimonios del Terror de las Pandillas
- Bessy Vega
- Mar 13
- 4 min read
“Los tatuajes de la MS13 le cubrían toda la cara”, dijo en voz baja la mujer salvadoreña, conteniendo las lágrimas.
La sala de conferencias estaba llena. No cabía nadie más.
Traduje sus palabras a un micrófono conectado a los audífonos de funcionarios gubernamentales y líderes de organizaciones de todo el mundo que habían venido a escuchar testimonios de primera mano sobre la vida bajo el dominio de las pandillas en México y Centroamérica.
“Dijo que mi hija María tenía que ir a la cárcel de Mariona al día siguiente para una visita conyugal con José Hernández. Si no se presentaba, dijo que nos obligarían a ver cómo toda la mara violaba y torturaba a mi hija hasta dejarla muerta. Después nos matarían a todos. A mi esposo Arturo, a mi hija chiquita Jessica y a mi hijo Manuelito.”
Comenzó a sollozar.
“Tratamos de huir esa misma noche”, dijo entre lágrimas. “Fingimos que cada uno tenía mandados que hacer. Yo me llevé a mis dos hijos chiquitos a la casa de mi mamá. Mi esposo se llevó a María a la casa de mi suegra. Nos íbamos a encontrar en la terminal de buses a las ocho de la noche para tomar el último bus de San Salvador a Guatemala.
Pero mi esposo y María…” luchó por continuar “…nunca lograron llegar.”
Se secó la cara con el brazo.
“Mientras esperábamos en la terminal vimos a unos hombres que parecían mareros. Se vinieron directo hacia nosotros, gritaron ‘¡por el barrio!’ y comenzaron a disparar.”
“Mataron a mis hijitos en frente de mí. A mí me dieron doce balazos. Estuve hospitalizada más de un mes. Sobreviví por la misericordia de Dios.”
Un murmullo recorrió la sala.
Subieron al siguiente orador.
“Mi nombre es Fernando Rodríguez”, dijo el hombre con un fuerte acento indígena guatemalteco. “Yo vivía en una colonia controlada por la mara.”
“Un domingo por la mañana, mientras yo andaba vendiendo paletas con mi carrito, la mara llegó a mi casa y botó la puerta. Le dijeron a mi esposa que tenía quince minutos para salir o nos mataban a todos. Que no podía llevarse nada, excepto dos cambios de ropa. Todo lo demás debía quedarse. La casa ahora era una Casa Destroyer. Una casa para que viviera la mara.”
Comenzó a llorar.
“También le dijeron…” Su voz se quebró. Todo su cuerpo temblaba mientras lloraba y trataba de respirar…
Un asistente intentó llevárselo del escenario, pero él se negó con la cabeza.
El público aplaudió su valentía.
Todos esperamos en silencio.
Logró recomponerse lo suficiente para continuar.
“También le dijeron a mi esposa que mi hija de trece años tenía que quedarse como novia de la pandilla.”
Comenzó a gemir.
“Mi esposa les dijo que podían quedarse con todo. Que se iba de la casa en ese mismo momento. Pero que por favor la dejaran llevarse a la niña.”
Trató de continuar entre lágrimas.
“Pero dijeron que no. Los vecinos dicen que mi esposa se les arrodilló y les rogó. Empezaron a gritarle y a insultarla. Mis hijos estaban detrás de ella llorando.”
Se le hizo un nudo en la garganta.
“De repente uno de los pandilleros sacó una pistola y le disparó a mis dos hijos mientras mi esposa miraba horrorizada.”
“Le gritaron: ‘¡Esto te pasa por pendeja!’”
“Y después le dispararon.”
Estaba temblando.
“Algo tiene que hacerse. No pueden seguir aterrorizándonos así. La policía no hace nada. La mitad de las veces están del lado de los mareros. Alguien tiene que hacer al—”
Le apagaron el micrófono mientras un asistente le hablaba al oído y lo sacaba del escenario.
“Tomaremos un receso de diez minutos”, anunció una voz.
Me quité los audífonos y miré los papeles frente a mí en la cabina.
“Damas y caballeros, por favor tomen sus asientos”, dijo la misma voz unos minutos después.
Volví a ponerme los audífonos.
“Les agradecemos su comprensión”, dijo una de las organizadoras mientras la gente regresaba a sus lugares.
“Estos testimonios no son fáciles de compartir ni de escuchar. Les pedimos que sean respetuosos, permanezcan en silencio y que se abstengan de aplaudir.”
La organizadora se volvió hacia la derecha y asintió al asistente.
El siguiente participante se acercó al micrófono.
“Mi hijo Eduardo tenía ocho años”, dijo el hombre lentamente. “Estaba en la escuela cuando llegaron los mareros a reclutar.”
“Obligaron al director a sacar a los niños al patio para que pudieran escoger.”
“Escogieron a mi hijo y a otros cinco niños de tercer grado.”
Se detuvo, tragó fuerte y continuó.
“Separaron a los niños que habían escogido. El líder de la mara les dijo que ahora eran propiedad de la mara. Que tenían que obedecer o sufrir las consecuencias.”
“Pero primero”, dijo el papá con la voz temblorosa, “tenían que ser brincados.”
Comenzó a llorar.
“El primero que agarraron fue a Marito, el mejor amigo de mi hijo. Dos hombres lo sujetaron sobre una de las mesas que los niños usaban en el recreo. Le subieron la camisa blanca del uniforme hasta cubrirle la cara.”
“Los mareros hicieron una fila. Algunos agarraron piedras. Otros se quitaron los cinchos. Algunos sacaron sus armas.”
“Uno por uno se le fueron encima a Marito. Lo golpeaban con piedras, con las hebillas de los cinchos y con las culatas de sus armas.”
“Su camisa blanca se volvía más roja con cada golpe.”
“Mi hijo adoraba a Marito”, dijo el padre entre lágrimas.
“Eduardo, como pudo, corrió y se lanzó sobre Marito para protegerlo.”
“Al ver esto, los mareros comenzaron a gritar ‘¡rata! ¡rata! ¡rata!’ y se le abalanzaron a mi hijo con más furia.”
“En menos de un minuto, Eduardito estaba muerto.”
Las lágrimas corrían por el rostro del hombre mientras miraba los papeles sobre el podio.
“Nunca volveré a ver la sonrisa de mi hijo.”
“Nunca lo veré graduarse.”
“Nunca seré el abuelo de sus hijos.”
Los nombres utilizados en este relato son ficticios. Los hechos están basados en testimonios compartidos durante una conferencia sobre la violencia de pandillas en México y Centroamérica y se presentan aquí tal como los recuerdo y como los interpreté en ese momento.
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